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25 de mayo, 2007
Comencemos con una reflexión sobre lo visible y lo invisible: no es lo mismo ser Hans Pfaall que leer su historia. O, dicho con un ejemplo más famoso: no es lo mismo ser Gregor Samsa que leer su historia, ficcionada por Kafka. Esto, querido diario, es cierto. Quiero decir, que, aunque parece una obviedad, es más bien un dolor, que es lo que se quiere decir cuando se habla en términos de certeza o incerteza. Recuerdo vagamente el comienzo del cuentito de Kafka: “Cuando Gregor Samsa se despertó, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. No es lo mismo, desde luego, ser Gregor Samsa que leer su historia, o ver una foto suya. Recuerdo el nombre de Gregor Samsa porque el amigo de un compañero de piso en Irlanda se llamaba así, qué chungo. La verdad es que hay padres con mala leche, o, si se quiere, caducada. Esto me recuerda otro caso parecido. En un curso sobre el Quijote al que asistí hace unos años, tuvimos como compañera de clase a una chica llamada Dulcinea. Sus padres, al parecer, eran unos forofos de la novela. En realidad, fue el profesor quien nos contó que la tal Dulcinea estaba matriculada, pues nunca vino a ninguna de las sesiones, “fiel a la invisibilidad que el nombre de Dulcinea le exige” –matizó el profesor.
24 de mayo.
Estos días ha llovido, y yo sin paraguas. Mi alumno, según me ha dicho hoy, ha comenzado ya a leer el cuento de Poe sobre el fingido viajero holandés. Es un lector atento, y un mal estudiante. He releído, pues, querido diario, el cuento de Poe sobre Hans Pfaall, y me han asaltado algunas dudas y cuestiones, como buen hijo de los tiempos. El caso es que, planteadas en los términos en que se me vienen a la mente, son cuestiones harto injustas, carentes de humanidad. Lo mejor será, o bien escribir otro cuento, o bien aplicarme las palabras de don Quijote, “que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas, que después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”.
22 de mayo.
El cuadro me recuerda a Hans Pfaall, simpático borracho y asesino holandés que, en la historia firmada por E. A. Poe, engañó o pretendió engañar a sus congéneres, simulando un viaje a la Luna en globo, a principios del siglo XIX. Me he acordado de Hans Pfaall porque hoy, en clase, un alumno me ha preguntado sobre los cuentos de Poe, y hemos charlado unos diez minutos. Después ha sonado el timbre, los alumnos han salido en estampida, y la lluvia que los esperaba los ha hecho correr más aún, con lo que el colegio ha quedado desierto en breve tiempo.
12 de mayo.
Algunas imágenes parecen caídas con la lluvia. ¿Existe para ello algún orden? La pregunta es vieja, y yo te la hice días atrás, querido diario. Es la misma pregunta que se hacía Adán cuando vio que Eva bautizaba, sin la menor duda, a las especies y animales del Paraíso. ¿Cómo supo que el dodó se llamaba “dodó”? ¡Y lo hacía acertando de lleno en el nombre del animal! Lo mismo ocurre con estas berenjenas, como colgando de la tierra para una foto, que han venido a sembrarte, diario mío. Parecen caídas con la lluvia, pero sólo lo parecen, ya que, en cambio, tienen detrás al menos tantas causas como tiene, para santo Tomás, la función de un querubín en las legiones celestiales.
11 de mayo.
Mark Twain recompuso como buenamente pudo algunos fragmentos de un diario de Adán y Eva. Adán, en varios de estos fragmentos, recoge el asombro que le causa la facilidad de Eva para bautizar a los distintos seres del Edén. “Cosa rara, sin yo entenderlo, con cada nombre que ella pronunciaba, aunque nuevo, acertaba de lleno” - se inquiría perplejo el todavía desnudo primer hombre. El pobre Adán nunca entendió que estaba viviendo uno de los tópicos de más renombre sobre la mujer, el de la mujer parlanchina, porque en los tiempos edénicos el arte de la interpretación andaba aún en pañales. La culpa de esta insuficiencia interpretativa no era, de todos modos, de Adán, a quien, por otro lado, pocos pecados se le podían atribuir por esas fechas.
9 de mayo.
Lo siento, querido diario, pero escribir diarios es un rollo. Esta apretada tierra es infinita y difícil, y no querría hacer leer a nadie estas letras sin protocolo, salvo el que la fecha marca, como una hilera de berenjenas sobre la tierra. Yo les obligo a algunos de mis alumnos a escribir un diario, con lo que les fuerzo a practicar la escritura. La verdad es que algunos profesores somos la leche. ¿Acaso no se preguntarán ellos, como yo: cómo me he metido en este berenjenal? Voy a comenzarte, diario, con la siguiente pregunta. Un alumno de 2º, seguramente inspirado en la literatura del siglo, que no es otra que la que circula en internet a modo de mensajes para reenviar, me preguntó el otro día: ¿Quién me asegura a mí que la caja de pañuelos que uno compra y que lleva en su dorso la inscripción “150 pañuelos faciales blanco” contiene exactamente 150 pañuelos? ¿Quién me asegura que no me engañan? ¿Qué hago, los cuento? Habrá que fiarse, ¿no?
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